Conversión y Cuaresma 19-10-2017 16:10 (UTC)
   
 

 

Conversión y Cuaresma.
 
Hace poco más de un mes estábamos celebrando el Misterio de la Navidad, el nacimiento de Jesús. Su Encarnación, su llegada estuvo anunciada y preparada por los profetas del Antiguo Testamento. María fue la que se puso decididamente de parte del plan de Dios: “Yo soy la sierva del Señor”.
En Nazaret pasó Jesús la mayor parte de su vida, -la vida oculta- una vida que los evangelios no cuentan, pero que fue de trabajo, ¿no es éste el artesano?, de oración y escucha de las Escrituras, “como era su costumbre, los sábados…”
Después de recibir el bautismo de Juan, se fue al desierto y allí “después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre” (Mt 4,2), después de pasar por esta prueba, se retiró a Galilea. “Desde entonces comenzó a predicar y a decir: Conviértanse, porque está al llegar el Reino de Dios” (Mt 4,17)
Hoy la Iglesia nos presenta este tiempo de Cuaresma, para renovaros interiormente en la vida cristiana. Este renovarnos, acercarnos más al Señor, arrepentirnos, buscar la santidad, dejar los caminos del mal, morir al hombre viejo, todo esto se llama Conversión.
Y la conversión tiene una finalidad: la llegada del Reino de Dios. Que Dios reine en nuestra vida, que Dios sea nuestro Padre, que seamos verdaderos hijos suyos, que creamos en su amor, en su perdón, en su misericordia.
Y ¿cómo se convierte uno?, ¿acaso no estoy ya en la Iglesia? Algunos con toda razón podrían decir: “si yo no soy un mal padre, o una mala madre”, “yo estoy en la comunidad”, “yo voy a Misa los domingos”, “yo no peleo ni le deseo mal a nadie”, “yo leo la palabra de Dios”, “yo soy responsable”… muchas cosas se podrían añadir.
Pero la conversión no es sólo para aquellos que están en una situación de lejanía de Dios. La conversión es para todos nosotros, PARA TODOS.
No pensemos que el fariseo que fue al templo a orar era lejos de Dios exteriormente. Pero en su interior había algo que tenía que cambiar, era como un hombre que ya hace todo bien, que no necesita de nada. Y de esto Jesús quiere poner en vela a sus discípulos.
Por esto, delante de Dios, con la ayuda de la su Palabra, con el sacramento de la Reconciliación, con el ayuno, la oración y la limosna, la Eucaristía, con la decisión de acercarnos un poco más a Dios, podemos emprender este tiempo de Cuaresma.
Tenemos por delante cuarenta días (yo diría: toda la vida) para la Conversión. No lo tiene que notar la gente, no es exhibirse, no es vanagloriarse. Es un deseo de acoger en nuestra vida a Dios, que en Jesucristo, y ahora por la Iglesia nos llama al arrepentimiento.
Y aquí llega el momento de ser concretos: ¿qué aspecto de mi vida necesita de conversión para ser de verdad un discípulo suyo? No es verdad que una casa limpia y bien arreglada es más agradable? ¿No es verdad que se nota si en una casa cuidan del jardín, porque si al menos no tiene flores, está cuidado? ¿No es cierto que una persona es más amable cuando sonríe? … En mi vida, ¿qué tengo que arreglar, limpiar, poner de nuevo?
Espero que esto nos ayude a vivir la Cuaresma.
 
Texto por: Padre Simeón Reyes
 
 
 
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