Boletin 06-2008 19-10-2017 16:07 (UTC)
   
 

Fecha Publicación: 18/Abril/2008 

 
 
 
 
Boletín 06-2008
Los Discípulos de Emaus
 
 
‘¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’.
 
 
 
 
 
“Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos”
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
L e c t u r a   d e l   d í a
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Asamblea 09/Abril/2008.-
Recién el pasado mes de marzo se celebraron tres acontecimientos importantes: pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, y en este tiempo de pascua se celebra el triunfo de la muerte por parte de Jesús.
 
Lectura: Lucas 24, 13-35. Los discípulos de Emaús.
“Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.
El les dijo: ‘¿De qué van discutiendo por el camino?’ Se detuvieron, y parecían muy desanimados. Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: ‘¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?’ ‘Qué pasó?, les preguntó. Le contestaron: ‘¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!’
Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condena a muerte y clava en la cruz. Nosotros pensábamos que él sería el que debía liberar a Israel. Pero todo está hecho, y ya van dos días que sucedieron estas cosas.
En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Algunos de los nuestro fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron’
Entonces él les dijo: ‘¡Qué poco entienden ustedes y que lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?’ Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas. Al llegar ceca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, pero ellos le insistieron diciendo: ‘Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día.’ Entró, pues para quedarse con ellos.
Y mientras estaban en la mesa con ellos, tomó el pan, pronuncio la bendición, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció. Entonces se dijeron el uno al otro: ‘¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’
De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a las Once y a los de su grupo. Estos les dijeron: ‘Es verdad: el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.’ Ellos, por su parte, contaron lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
C a t e q u e s i s
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
La Resurrección es el núcleo de la fe cristiana. La fe de la primitiva Iglesia en la resurrección se recoge y se expresa en los evangelios. Los cuatro dedican los últimos capítulos hablarnos de la resurrección de Jesús, siendo así que no todos juzgaron necesario hablarnos de su infancia. Y es que la resurrección constituye el núcleo esencial del kerigma anterior a los cuatro evangelios.
Kerigma es una palabra griega que podemos traducir por pregón o mensaje. Los especialistas de la Biblia llaman kerigma a lo que constituye el núcleo fundamental del mensaje apostólico primitivo. El contenido del kerigma apostólico, tal como lo ha recogido Lucas en los Hechos es siempre el acontecimiento de muerte y resurrección de Jesús. Leamos estos textos: Hechos 2, 14-41; 3, 13-20; 10, 37-41; 13, 16-39; Romanos 4, 18-25; 8, 1-12; 10, 5-17; 1 Corintios 3, 5, 35-38, 42-47, 53-57.
Cristo Murió. La muerte de Jesús es un hecho histórico atestiguado por muchas personas que la han presenciado: algunas eran sus amigos, como su Madre, un grupito de valientes y el apóstol Juan; otros eran de sus adversarios. El mismo Pilato, quien había pronunciado la condenación, mandó llamar al capitán romano encargado de la ejecución para que le confirmara de la muerte tan rápida de Jesús.
La lanzada del soldado, que debía ser el golpe de gracia, fue un gesto inútil, ya que el cuerpo de la víctima colgaba sin vida de la cruz (Jn. 19, 34-35). Pero para Juan, el testigo de hecho, la lanzada además de demostrar la muerte física, al terminar de sangrar el cuerpo de Jesús con la poca sangre y agua que aún quedaba, dio un simbolismo más profundo: la sangre que brotó del costado abierto, afirmaba la realidad del Cordero de Dios y anunciaba el Sacramento de la Eucaristía(Jn 6, 53-56); el agua que salió era símbolo del Bautismo, que comunica la Vida nueva que viene de Dios (Jn 3, 5; 4, 10; 7, 37-39).
Cristo fue sepultado. La sepultura es otro hecho sólidamente comprobado. Los Evangelios han retenido hasta el nombre del judío que reclamó el cuerpo de Jesús. Se llamaba José, de Arimatea, miembro del Sanedrín, pero uno de los buenos que no estaba de acuerdo con el crimen de sus compañeros. Se menciona también a Nicodemo, un fariseo que había conocido a Jesús personalmente y había tenido con él una amena conversación (Jn. 3). Este llegó con una gran cantidad de aceites aromáticos para embalsamar el cuerpo del Maestro, lo que había sido anunciado unos días antes por la acción generosa de María de Betania, hermana de Marta y Lázaro, fieles amigos de Jesús. Tanto perfume, considerado como un gasto inútil por Judas (Jn. 12, 1-8), convenía muy bien al Sacrificio de Jesús cuyo aroma espiritual llenaría el mundo entero (Efesios 5, 2).
Después cubrieron el cuerpo con una sábana limpia que acababan de comprar (según Mateo y Marcos) o lo envolvieron en trozos de tela (según Juan). Algunas mujeres sentadas frente al sepulcro miraban con cuidado dónde lo colocaban, como con la intención de volver, una vez pasada la fiesta de la Pascua. Luego los varones cerrar la entrada del sepulcro con una piedra redonda. Mateo añada que los saduceos y fariseos mandaron sella la piedra y colocar una guardia de soldados, par evitar que se robaran el cadáver.
Cristo Resucitó. Todo parecía ser el punto final del caso Jesús. Así pensaba Pilato con gran alivio, y los jefes de los judíos, con una satisfacción diabólica. Así también pensaban los discípulos, con desilusión y gran tristeza (Lc. 24, 13-35). Pero no fue así. El evangelio no termina con la muerte de Jesús, ni la semana santa termina con el viernes santo. Porque pasó algo después. Los discípulos de Jesús, cuando todo parecía terminado, empezaron a decir inexplicablemente, que todo comenzaba de nuevo; que Jesús ha Resucitado. Queriendo decir con ellos que , no sólo estaban dispuestos a seguir su causa, sino mucho más, que la causa de Jesús se había salvado con la persona de Jesús; que Jesús vivía y que ellos estaban dispuestos a morir por él.
Los Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) escriben un capítulo más cada uno y Juan dos, para anunciar la noticia más sensacional del pasado, del presente y del futuro de la humanidad: ls Resurrección del Señor.
A partir de esta fe los Apóstoles revisaron su vida y la vida de Jesús de Nazaret, y leyendo las Escrituras, llegaron al convencimiento de que él era el Cristo, el Señor, el Hijo de Dios. La muerte de justo quedaba así justificada y todo tenía sentido.
Así es que “Jonás” no se quedo en el seno de la tierra que se lo había tragado (Lc. 11, 29). La piedra rechazada por los constructores se convirtió en la piedra angular (Mt 21, 42). El Templo destruido se levantó en tres pías (Jn 2, 19) El buen Pastor que se entrego por sus ovejas esta vivo a la cabeza de su grey (n 10). El cordero Pascual inmolado está de pié (Apocalipsis 5, 6).
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
E d i f i c a c i ó n    E s p i r i t u a l
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¿Cuáles fueron los frutos de la resurrección del Señor para los discípulos?
¿Cuáles son los frutos de la resurrección del Señor que tú has experimentado en tu matrimonio?
¿Cómo evangelizaban Pedro y los Apóstoles?
¿Cómo ha sido la experiencia de tu Pequeña Comunidad Familiar para evangelizar a tus hijos, qué has hecho?
¿Es difícil evangelizar a tu cónyuge? ¿Por qué?
¿Qué te gusta más de la forma en que Jesús evangelizó a los discípulos que iban camino de Emaús?
¿Qué errores solemos cometer al querer evangelizar a otros?
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Otros Elementos a Tomar en Cuenta
 
 
 
 
 
 
 
Autor: Tomás Melendo Granados | Fuente: Catholic.net
I. Cultivar el matrimonio

— La clave de las claves. Todo lo que voy a exponer conviene leerlo a la luz de este principio básico: ¡el matrimonio ha de ser cultivado!
¿Cómo? Con la paciencia, premura, atención y mimo de un buen jardinero. Como las plantas: ¡estará vivo si crece! No se puede conservar por mucho tiempo en un congelador o en una campana de vidrio (¿pueden compaginarse el amor con «la frialdad» o el «aislamiento incomunicado y aséptico»?). Como todo lo vivo, el amor O crece o muere o, en el mejor de los casos, está a punto de momificarse.

«Conservar» el amor, simplemente «conservarlo», es una tarea vana… que equivale a darle muerte: lo vivo no admite «conservación»; es preciso nutrirlo para que despliegue progresivamente todas sus posibilidades.

En cierto tono de broma comento a veces que ningún ser vivo puede permanecer inmóvil, que natural e inevitablemente tiende a desarrollarse y crecer… si recibe el alimento oportuno. Solo los japoneses tienen la paciencia para conservar en un aparente y forzado estadio primerizo sus famosos bonsáis; pero si quisiéramos hacer algo similar con nuestro matrimonio, lo convertiríamos en una caricatura, incapaz de sobrevivir.

Benavente afirmaba que el amor, todo amor pero especialmente el de varón y mujer, «tiene que ir a la escuela»: es preciso aprender poco a poco, durante toda la vida, a amar al otro cónyuge… de la forma concreta y particularísima en que él (¡y no yo, cada uno de nosotros!) necesita ser amado.

Y, concretando más, Balzac escribió: «El matrimonio debe luchar sin tregua contra un monstruo que todo lo devora: la costumbre». Su enemigo más insidioso es la rutina: perder el deseo de la creatividad originaria; porque entonces el amor acabará por enfriarse y perecer tristemente.
A veces se trata de un proceso lento, casi imperceptible en los inicios, y cuyas consecuencias sólo se advierten cuando la degradación se estima ya irreparable, aunque en realidad no lo sea: como la planta a la que se ha dejado de regar y que durante cierto tiempo parece mantener su lozanía, para de pronto, sin motivo inmediato aparente, marchitarse de forma definitiva.

“El matrimonio debe luchar sin tregua contra un monstruo que todo lo devora: la costumbre”.
 
 

— Lo más importante. ¿Quieres evitar esta desagradable trayectoria? He aquí el precepto infalible: que, durante toda la vida, momento tras momento y circunstancia tras circunstancia, tu cónyuge sea para ti lo más importante. Más que los caprichos y las aficiones, cómo es lógico. Pero también, con lucha o sin ella, más que la profesión e incluso, si esta contraposición pudiera establecerse —que no puede—, más que los propios hijos… que son los primeros beneficiados de vuestro amor mutuo.

En consecuencia, cada uno de los cónyuges ha de buscar el modo de granjearse minuto a minuto el amor del otro, «obsesionarse» con hacerlo feliz: «conquistar» a su mujer, si se trata de los varones, y «seducirlo» día tras día —con toda la carga de este término— si se trata de las esposas.

Cada noche uno y otra tienen que responder con un sí sincero a las siguientes preguntas: ¿he dedicado hoy expresamente un tiempo, unos segundos al menos, para ver cómo podía darle una sorpresa o una alegría concreta a mi marido o a mi mujer?; ¿he puesto los medios para hacer vida ese propósito?

Pues, en verdad, el cariño no se alimenta con la simple inercia o el paso del tiempo; hay que nutrirlo con multitud de menudos gestos y atenciones, con una sonrisa y también con un poco —¡o un mucho!— de picardía: evitando todo lo que se intuye o se sabe por experiencia que al otro le desagrada, aunque fuera en sí mismo una nadería, y buscando por el contrario cuanto puede alegrarlo.

Como recuerda un autor norteamericano, «los matrimonios felices están basados en una profunda amistad. Los cónyuges se conocen íntimamente, conocen los gustos, la personalidad, las esperanzas y sueños de su pareja. Muestran gran consideración el uno por el otro y expresan su amor no sólo con grandes gestos, sino con pequeños detalles cotidianos».

Pero nada de ello se consigue sin esfuerzo. De acuerdo con la atinada comparación de Masson, «el amor [sentimental] es un arpa eolia que suena espontáneamente; el matrimonio, un armonio que no suena sino a fuerza de pedalear»… aunque el resultado de tal «pedaleo» sea el de una felicidad indescriptible, que nadie es capaz de imaginar… hasta que hace la prueba.

— Estar en los detalles. No olvidemos lo que sostenía von Ebner-Eschenbach: «el amor vence a la muerte; pero, a veces, una mala costumbre sin importancia vence al amor».

Un ejemplo mínimo, pero que al término puede resultar relevante: la puntualidad. ¡Cuántas veces el marido sufre o incluso desearía renunciar a salir porque la esposa no está lista con la antelación suficiente para llegar en punto a una cita! O viceversa, ¡cuántas el retraso es causado por el marido, que se entretiene más de lo previsto en la resolución de cuestiones profesionales que muy bien pudieran e incluso debieran aguardar hasta el día siguiente!

Algo similar sucede con la hora del retorno a casa. Es fácil caer en la tentación de prolongar el momento final del trabajo, por comodidad o por miedo ante las exigencias que se encontrarán a la vuelta al hogar, ante los problemas que plantean los hijos o el otro cónyuge.

En tales circunstancias ¿cómo pretender que el que se ha esforzado por llegar a su hora, tras una espera al principio ilusionada con el deseo de abrazar al otro, no se vaya desalentando o incluso enfadando conforme avanzan las manecillas del reloj y resulte incapaz cuando por fin viene de acogerlo con una sonrisa? En ocasiones tiene lugar un imprevisto urgente, es cierto; pero ¡cuántas otras el retraso se debe a un capricho, al desorden, a la pereza o en definitiva al egoísmo y falta de delicadeza con el otro componente del matrimonio!

Cosa que asimismo ocurre cuando marido o mujer conceden un interés desmesurado a los asuntos profesionales o a las relaciones de amistad que de ellos surgen y descuidan la atención debida a su cónyuge, elaborando con excesiva frecuencia los propios planes al margen de él.

También en la vida íntima de la pareja las pequeñas atenciones y la ternura gozan de una importancia decisiva. Cuando faltan, el acto conyugal acaba por trivializarse, hasta reducirse a mera satisfacción de un impulso casi inhumano. Como sabemos, el lenguaje del cuerpo debe comprometer a la persona entera y tornarse «diálogo personal de los cuerpos»: una sinfonía que interpreta la persona toda tomando como instrumento sus dimensiones corpóreas.

Por eso, el cortejo y la ternura que conducen al trato íntimo no deben reducirse ni a los días ni a los momentos en que desean tenerse, sino que han de impregnar, de cariño y de atenciones, la vida entera en común de los componentes del matrimonio… en todos sus aspectos.

La mujer no deberá abandonarse, sino cultivar el propio atractivo y la elegancia. Como dice el conocido refrán, refiriéndose al arreglo y aderezo femeninos, «la mujer compuesta saca al hombre de otra puerta».

Por su parte, el marido —además de procurar también mostrarse elegante en todo momento, de acuerdo con las circunstancias— puede comenzar a ser infiel con sólo dejarse absorber excesivamente por la profesión, acumulando todo el peso de la casa y de los hijos sobre los hombros de su esposa.

— Todos responsables. Y aquí una puntualización se torna imprescindible. Suele afirmarse con verdad que el amor es cosa de dos; y también el matrimonio; y también las obligaciones familiares de todo tipo, especialmente lo relativo a la educación de los hijos… pero ¡incluido el cuidado del hogar!

Resulta bastante claro que el modo de distribuir las tareas domésticas depende de multitud de circunstancias, que sería inútil tratar de encorsetar con fórmulas fijas e inamovibles, de forma que lo que es competencia de uno se queda sin hacer si él o ella no lo llevan a cabo o, lo que es peor todavía, a la presunta «falta de responsabilidad» de quien «abandona» sus cometidos le responde el otro omitiendo asimismo los suyos. Eso equivaldría a introducir dentro del matrimonio la «lógica del intercambio mercantilista», que es lo más opuesto a la gratuidad del amor.

También es patente que la mujer —esposa y madre— constituye en cierto modo el corazón de toda unión familiar, la que da el tono y el calor a la vida de familia. ¡Pero no de manera exclusiva, ni mucho menos! El orden en la casa, la limpieza, el arreglo de los desperfectos… compete con igual obligación que a la mujer al marido y, en su caso, a cada uno de los hijos, aunque para ello tengan que torcer un tanto sus inclinaciones espontáneas y adecuar su modo de ser y sus intereses a aquellos de quien más quieren.

Repito que esto no implica una concreta disposición ni asignación de las tareas del hogar, ni mucho menos un tanto por ciento, fijo y a priori, de participación en esos menesteres. Y añado que la coyuntura en que se encuentre cada mujer —su trabajo también fuera de la casa, entre los elementos más relevantes—, junto con la idiosincrasia característica y exclusiva de cada uno de los componentes de cada uno de los matrimonios, posee un peso determinante a la hora de plantear este asunto.

Pero el principio ha de quedar claro: considerando la cuestión desde su raíz, el deber de conservar la propia casa en las mejores condiciones para fomentar una convivencia armoniosa, pacífica y reparadora corresponde por igual no sólo a los dos cónyuges, sino, en proporción a su edad y posibilidades, a todos los miembros de la familia.

Por eso, cuando alguno de los componentes deje de cumplir sus «obligaciones», la respuesta inicial de los otros será la de suplirlo, dando por supuesto que se habrá visto impedido de llevarlas a cabo. Y solo cuando la situación se repita, con el tacto y la delicadeza oportunos, habrá que hacerle caer en la cuenta que de ese modo no contribuye a la concordia y la felicidad del hogar.

Una vez centrada la cuestión, y antes de proponer algunos consejos más específicos para las mujeres y los maridos, tal vez convenga sugerir ciertas ideas aplicables a ambos:
II. Consejos para ambos cónyuges

1. El amor conyugal no es una simple pasión, ni un mero sentimiento… ni un enjambre más o menos rumoroso de ellos.
Aunque tales emociones a menudo lo acompañen y sea bueno que así ocurra, el verdadero amor entre los cónyuges es una donación total, definitiva y excluyente, fruto de un acto de libertad, de una determinada y libérrima determinación de la voluntad, que se decide de manera irrevocable a querer al otro de por vida.

Como consecuencia, ser fieles significa renovar el propio «sí»… también —¡y sobre todo!— cuando en ocasiones nos resultara costoso.

2. Como antes apuntaba, al cónyuge hay que volverlo a enamorar cada jornada, sin olvidar que la boda no es sino el sillar de un grandioso edificio, que deben levantar y embellecer piedra a piedra, desvelo tras desvelo, alegría con alegría, entre los dos.

Si en el momento de la boda no se inaugurara una gran aventura, la mejor y mayor aventura de la vida humana, consistente en hacer crecer el amor y de este modo —¡amando yo más!— ser muy felices,… ¿tendría sentido casarse?

3. El amor se nutre de minúsculos gestos y atenciones. Evita, pues, las pequeñas menudencias que molestan al otro cónyuge y busca, por el contrario, cuanto le satisface.

Si te sientes incapaz de hacer grandes cosas por él o por ella, no te preocupes ni te empeñes en buscarlas. Como en el resto de la vida humana, la clave del éxito no se encuentra en esa magnas gestas a menudo solo imaginarias, sino en el diminuto pero constante detalle de cada instante.

4. Al casarte, has aceptado libremente a tu consorte tal como es, con sus límites y defectos; pero esto no significa renunciar a ayudarle con amabilidad, tino y un poco de picardía a que mejore… queriéndolo cada vez más: lo decisivo es «soportar», en el sentido de ofrecer un apoyo incondicional y seguro, y no «soportar», en la acepción de aguantar sufridamente los presuntos defectos y manías del otro.

5. No te dejes absorber de tal manera por el trabajo, las relaciones sociales, las aficiones… que acabes por no encontrar tiempo para estar a solas y en las mejores situaciones con tu cónyuge (y para dedicar también tu atención al hogar y al resto de la familia).

6. Toma las decisiones familiares de común acuerdo con el otro componente del matrimonio, esforzándote por escucharlo e intentar comprender sus razones (la clave de la comunicación no reside en ser un buen «charlatán», sino, si se me permite la expresión que empleaba un conocido mío, un excelente «escuchatán»: ¡qué gran amigo aquel que simplemente sabe oírnos con atención!).

Y, en el caso de que, al no llegar a un acuerdo, hayas seguido su criterio, no se lo eches en cara si, por casualidad, de ahí se derivara algún inconveniente. Una vez tomada la decisión, tras sopesarla convenientemente, es exactamente igual de aquel que tomó la iniciativa como del que demostró la suficiente confianza para seguirla.

7. Respeta la razonable autonomía y libertad de tu consorte, reconociendo, por ejemplo, su derecho a cultivar un interés personal, a atender y fomentar sus amistades, su vida de relación con Dios, sus sanas aficiones… sabiendo que, entonces, él o ella se esforzarán por no descuidar el cuidado y el mimo que tú mereces.

No te dejes arrastrar por los celos, que son ante todo una demostración de desconfianza hacia tu cónyuge… y que podrían dar origen a aquello mismo de lo que intentan defenderse o que pretenden evitar.

8. La alegría y el buen humor son como el lubricante imprescindible para que la vida de familia discurra sin fricciones ni atascos, que podrían minar la armonía entre sus miembros. Dentro de este contexto se advierte toda la importancia de los momentos de fiesta, auténticos motores del contento y la algazara familiares.

Procura, entonces, que algún detalle material modesto pero atractivo —en la comida, por ejemplo, o en la decoración del hogar— encarne y dé cuerpo al ambiente jubiloso del espíritu, cuando la fecha así lo reclame… o cuando lo estimes conveniente, aunque no exista «ningún motivo» para hacerlo… excepto el amor que tienes a tu familia.

9. Con todo el cariño del mundo, mantén en su lugar a tus padres, sin permitirles que se entrometan imprudentemente en vuestros asuntos. En ocasiones —y sobre todo al principio— será oportuno pedir ayuda, pero recuerda que cuando las reglas de juego están claras resulta más fácil conservar la armonía.

10. No tengas demasiado miedo a discutir, pero aprende a reconciliarte enseguida siguiendo el «decálogo del buen discutidor», que tal vez exponga en otro artículo.

E incluso esfuérzate —sólo es difícil las primeras veces— en sacar provecho de esas trifulcas, reconciliándote lo más pronto posible con un acto de amor, manifestado por un jugoso abrazo, de mayor intensidad que los que existían antes del enfado.

Si procuras que las discusiones se produzcan muy de tarde en tarde, acabarás por comprobar lo que aseguraba un santo sacerdote de nuestro tiempo: que vale la pena reñir alguna que otra vez sólo para después poder hacer maravillosamente las paces.
III. Consejos a las mujeres

Por el bien de todos (no solo de la propia familia, sino, al cabo, del mundo entero), la primera responsabilidad de una esposa es conservar despierto y vibrante el amor del marido hacia ella: ¡al marido hay que seducirlo cada día!, como ya dije; conviene mucho ingeniárselas para que caiga en la cuenta de que más allá de los compromisos y éxitos profesionales o sociales, su mujer es el mayor bien que Dios le ha otorgado y el medio fundamental e imprescindible para conquistar la propia plenitud y la consiguiente dicha… y, en el caso de los creyentes, incluso la santidad.

Puede que el incremento de las obligaciones y preocupaciones, la atención a los hijos o al trabajo profesional, obliguen a la mujer a distanciar y acortar los ratos de exclusiva dedicación a su esposo. La solución podría estar, más que en la cantidad de tiempo que le consagre, ¡que siempre debería ser el mayor posible!, en los pequeños y reiterados detalles que exigen algún esfuerzo pero manifiestan el cariño.

Por ejemplo, cualquier esposa habrá de interesarse por el trabajo de su cónyuge, por sus proyectos y por sus dificultades profesionales, por sus aficiones. Con la discreción y prudencia oportunas, no debe desentenderse de ámbitos tan importantes para su marido como normalmente es la profesión o los restantes que he enunciado.

Si lo quiere de veras, es lógico que le interese cuanto a él le interesa, entusiasma o preocupa, incluido, si es el caso, con o sin esfuerzo, el equipo de fútbol.

— A modo de «decálogo». Quizás a alguna le pueda ayudar el releer de tanto en tanto el siguiente «decálogo para la mujer»:

1. Quiere a tu marido también cuando otro hombre te parezca más comprensivo, más educado, más atento, más divertido… o incluso simplemente más elegante o más guapo.

2. No estropees la relación con él por cosas que en un momento te pueden parecer importantísimas —el orden y la limpieza de la casa, en los que también él debe sentirse responsable, o incluso tu carrera profesional, si trabajas fuera del hogar—, pero que en realidad y a la larga y en fin de cuentas, no lo son tanto.

3. No lo asaltes en cuanto llega a casa, atosigándolo con tus problemas —profesionales o familiares—, aun cuando durante todo el día hayas estado esperando, lógicamente, la ocasión de desahogarte con la persona que más quieres y mejor te escucha y comprende.

4. Prepárale su plato preferido cuando intuyas que lo necesita (o deja que él os lo prepare, si le gusta…, a pesar del desbarajuste que pueda organizarte en la cocina): el marido se gana también a través del estómago.

No es falta de romanticismo ni de delicadeza… ni menos aún una especie de «juego sucio», sino puro sentido común y conciencia clara de la intimísima unidad del ser humano, el tener en cuenta estos aspectos

5. No lo atormentes con excesos de celos, no lo ofendas con tus dudas (evita incluso imaginarlas), no seas irónica.

6. No te engañes, pensando que con otro hombre es posible mantener una relación de simple amistad… incluso íntima, sin correr el riesgo de ser infiel a tu marido; ni, mucho menos, te «diviertas» jugando a «interesar» a otros hombres.

7. No te lamentes confidencialmente con un amigo de los defectos de tu esposo, porque éste podría ser el primer paso hacia la deslealtad: ¡los amigos resultan siempre tan comprensivos!

8. No exageres las contrariedades ni finjas un excesivo dolor, para inducir a tu marido a hacer lo que deseas. Decirle con sencillez lo que necesitas o simplemente te hace ilusión constituye una muestra de confianza, que él te agradecerá y os unirá más todavía.

9. Cuida tu aspecto externo. Aunque pueda sonar a broma, y ciertamente está expresado con humor, el rostro se asemeja mucho a una obra de arte, que con el tiempo tiene necesidad de una amable restauración.

Por eso procura no presentarte nunca ante tu marido como no lo harías ante una conocida dispuesta a juzgar de tu belleza. Y conténtate y sé feliz, más conforme pasen los años, con gustarle a él: no aspires a gustarte a ti misma —eres tu crítica más exigente— ni admitas comparaciones con tus amigas o con otras personas de tu mismo sexo.

10. No envidies a las otras mujeres, ni siquiera interiormente, ni pongas como ejemplo a sus esposos. Harás que el tuyo se sienta fracasado, que es una de las cosas que más duelen y peor soportan los varones. (La conversación entre las dos esposas del púgil y el manager protagonistas de Cinderella Man lo refleja con una brevedad y precisión casi insuperables).
IV. Consejos a los maridos

«Oficio es el del marido que ocupa todo el día», subrayó con acierto Bennet. No obstante, hay maridos que parecen prestar más atención al coche o al ordenador que a su mujer (y a sus hijos y a su hogar, creando el oportuno e imprescindible ambiente de familia). Cuántas veces el empeño por mejorar la posición profesional o económica resulta infinitamente superior al desplegado para mantener pujante e incrementar el amor hacia la esposa… y cuántas se comprueba que tal actitud no solo mina en sus raíces la armonía y la felicidad conyugal, sino el mismo rendimiento en el trabajo.

Gradualmente, al menos en determinados países, se está llegando a un pleno reconocimiento de la igual dignidad de la mujer y de sus derechos y a una mayor conciencia de la importancia de su función en la sociedad. Ya no sorprende que las mujeres trabajen también fuera de casa o que ocupen puestos de gran responsabilidad. Este tipo de mujer por lo común es apreciada, escuchada, bien pagada y goza de períodos de descanso remunerado. Todo eso parece desvanecerse el día en que se casa, comienza a tener hijos y, para poderse ocupar de ellos y del hogar, renuncia al menos en parte a su carrera profesional. En la vida de madre y de ama de casa pueden desaparecer como por ensalmo el tiempo libre, la estima de los demás, la paga generosa, las vacaciones, etc.

Pero, ¿se trata ciertamente de una situación irremediable?

Parece claro que en la atención a la casa la semana de 40 o de 35 horas no será ya posible. Pero quien se consagra por completo al trabajo del hogar, al cuidado y educación de los hijos, con toda la profesionalidad, el esfuerzo y la paciencia que llevan consigo, merece tanta o más estima que la reclamada por una mujer con una brillante carrera en el ámbito público.

De ahí que el marido, además de dejar clara constancia de su sincero y agradecido reconocimiento por el trabajo de su esposa en el hogar, deberá hacerse cargo de las tareas que en esta esfera le corresponden por justicia, echando sobre sus espaldas algunas de esas ocupaciones e incrementándolas generosamente más allá de lo «en justicia debido» en los momentos especialmente críticos: cuando llegan las fiestas, durante los embarazos, antes y después del nacimiento de un hijo, etc.

Hay días en que una mujer, por motivos que a los varones a veces se nos antojan incomprensibles o carentes de peso, se siente particularmente cansada; ¡cómo agradecerá entonces que su esposo sepa advertirlo, se lo valore y con toda naturalidad asuma en la atención del hogar incluso los asuntos que de ordinario le corresponden a ella!

— Para que no «se sientan menos». Y he aquí también un «decálogo» para el marido… hasta cierto punto simétrico al de las esposas:

1. Quiere a tu mujer más que a cualquier otra, también cuando el paso de los años la vaya dejando en desventaja física —¡no en belleza, que es algo mucho más elevado y personal!— respecto a las más jóvenes.

2. No pases demasiado tiempo con ella lamentándote del trabajo… y nunca montes una escena porque ella «no comprende su verdadera importancia»; interésate más bien por sus problemas y por los de los hijos.

3. Escribe bien grande en tu agenda la fecha de vuestra boda, del santo y del cumpleaños de tu mujer y de los restantes aniversarios en que agradecerá detalles especiales por tu parte. Y si eres de los «ya informatizados», haz que la alarma suene bien fuerte los dos o tres días anteriores… para ir preparando el terreno.

4. No olvides que tu madre es la suegra de tu mujer (y que una y otra, de manera no consciente ni voluntaria pero según algunos casi instintiva, pueden tender a acaparar en exclusiva tu cariño); presta atención, por tanto, a prevenir celos y a evitar una excesiva injerencia en tu familia.

5. No tengas vergüenza de decirle que la quieres, aun cuando «ya lo sabe», y de demostrárselo en cosas concretas, como el interés por su salud y su trabajo, o sorprendiéndola de vez en cuando con el regalo que casi inconscientemente espera o con esa escapada no prevista que tanto le gustan.

Tales manifestaciones de afecto, expresas y reiteradas, son imprescindibles para tu esposa… y para ti mismo, que reafirmas, consolidad y haces crecer, al concretarlo en gestos y palabras, el amor que sientes por ella.

6. No caigas en la vil y ya trasnochada banalidad de pensar que la infidelidad masculina es menos grave que la de la mujer.

7. Convéncete, sobre todo si tienes mentalidad empresarial, de que el negocio más importante de tu vida es tu familia: tu mujer y tus hijos. Por eso, no pienses que basta con llevar a casa el dinero necesario.
Considera más bien de vez en cuando lo que, con una franca sonrisa, aseguraba aquel padre de familia animoso y entregado, excelente marido, profesional de prestigio, amigo generoso de numerosos amigos: «tengo tantas cosas estupendas e interesantes que hacer, que casi no me queda tiempo para dedicarme a ganar dinero».

(De manera paradigmática, aunque irrealizable, lo encarnan los personajes principales de Vive como quieras: You can´t take it with you, de Frank Capra. Y tal vez con un poco más de realismo, aunque siempre en el tono típico de las comedias, los míticos Cary Grant y Katharine Hepburn en la espléndida aunque no muy conocida Vivir para gozar: Holiday).

8. Cuando vuelvas al hogar, empieza por cumplir tus obligaciones con tu mujer (y con tus hijos); después, si te queda tiempo, y normalmente será bueno que te quede, leerás el periódico o verás la tele.
Y evita la mentalidad de mártir por hacer aquello que debería ser una fuente de gozo.

9. Por amor a tu mujer y por estricta justicia no abandones tu físico y procura una cierta elegancia —en el vestido, en el porte, en el modo de hablar, en las posturas…— también cuando estés en casa. (Y no olvides que el tono humano que marques en tu hogar, el empeño para que sepan apreciar lo bello, representa uno de los elementos que, por ósmosis, más influyen en la educación de tus hijos).

10. Encuentra el tiempo necesario para dedicarlo a tu mujer y a tus hijos, renunciando si fuera menester a intereses o comodidades personales.
Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía
Director de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
A b a n d o n o
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


 

 
Deja hacer al Señor; Él te enviará consuelo y te alimentará con alimentos dulces, cuando así te convenga, y te mandará cruz y sequedades e incluso hará entrar tu alma en agonía, siempre que te sea necesario. (Beato Rafael Arnáiz).
 
Desde niña me encantaban estas palabras de Job: "Aunque Dios me matara, seguiría esperando en Él". Pero he tardado mucho tiempo en llegar a este grado de abandono. Ahora ya estoy en él: Dios me ha introducido en él, me ha tomado en brazos y me ha instalado en él... (Santa Teresa de Lisieux)
 
... desprecié el mundo por Ti..., déjame despreciar lo último que me queda, mi voluntad y mi vida.
        Mas Señor, en esto no hay mérito, pues aborrecer lo único que de Ti me separa, no es cosa grande, y esperar con ansia lo que a Ti me puede acercar, no es virtud. ¿Qué mérito hay en aborrecer la vida y esperar la muerte?
         Pero yo, Señor, no quiero aborrecer lo que Tú me des, ni desear lo que Tú aún no quieres darme. Cúmplase, Jesús mío, tu voluntad. (Beato Rafael Arnáiz)
 
Dios busca ante todo nuestro punto más débil, el único lugar donde su poder se puede desplegar de manera ilimitada. (André Louf)
 
 
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